domingo, 5 de mayo de 2024

¿Dónde estoy?

 Ya me desorienté, ¿dónde estoy?.

Siento algo de frío, pero no sé si sea real. Las sombras, debe ser la poca luz que se cuela por las ventanas. Eso, estoy dentro de una estructura, un hogar quizá. Pero falta un fuego, por lo que no estoy seguro.

Mi mirada se pasea, ¿dónde estoy?

Me encuentro desparramado sobre un viejo sofá. Siento la dureza de sus terminaciones y el olor impregnado de los restos menores de otras vida que han habitado y recurrido a su constitución. El patrón tiene unas flores largas y desgastadas de color verde claro sobre un blanco hueso.

De a poco me incorporo, ¿estuve tomando alcohol?

Es un hogar, ya lo siento. No es mi hogar, pero es el de alguien más, aunque no tenga un fuego. Paseo la mirada por los muros, y caigo en la cuenta de que la debilitada luz del sol señala que es tarde, quizá deba irme.

Estoy mareado, ¿dónde estoy?

Ya de pie me acerco a una muralla. Lo que parecían cuadros resultan ser retratos familiares, pero no de mi familia. Definitivamente estoy en un hogar. Las escenas retratadas son alegres postales de la familia interactuando; hay una mujer con sus hijos, tres niñas y un niño. En todas las fotografía ríen, casi como si dieran vueltas de la mano alrededor de la cámara. Falta alguien y debe de ser la persona que capturó esos momentos.

Entonces lo entiendo, ya sé dónde estoy.

No sé cómo llegué, pero habitar ese espacio es lo más cercano que estaré a esas personas. Lo sé con la certeza de los sueños.

Tengo que salir, pero está anocheciendo y tengo frío. Quizá me quede más tiempo, aunque sé que no es mi hogar.

sábado, 6 de mayo de 2023

Re: ¡Moluscos del mundo, uníos!

 La vida simplemente es así y funciona de formas misteriosas.

Días o semanas después del último escrito, apareció un libro con datos asombrosos del mundo. Entre ellos se encontraban datos de animales y allí llegó la sorpresa: los ostiones tienen ojos, y no solo un par, pues tienen entre 30 y 90 ojos, pudiendo llegar a más.

Entonces el acto final de este bicho, por el cual tuve una revelación, en realidad nunca fue una suerte de milagro. Pero estoy siendo injusto, pues el ostión continuó con su vida sin fijarse en este humano.

Fui yo quien cometió el error desde la más impúdica ignorancia.

Si tengo que ser sincero, una pequeña parte de mí se sintió algo decepcionada. Pero la mayor parte simplemente rio.

Como suele ocurrir, el voluntarismo pudo más y proyecté mis conocimientos en un mundo que apenas entendía, y que sigo sin entender.

Fueron dos años y medio sin comer carne por no tener idea de la biología del dichoso molusco.

La realidad se conforma de muchos hechos que nunca ocurrieron. Algunos le dice el efecto Mandela, pero creo que la experiencia humana en su máxima expresión.

Tantos momentos y tantas contradicciones. Quién sería sin un pequeño molusco prestidigitador.  

sábado, 25 de marzo de 2023

¡Moluscos del mundo, uníos!

El último viaje de verano con mi padre, junto a su señora y mi hermano pequeño, fuimos al tranquilo balneario de Guanaqueros.

La mayor motivación para ir fue intentar conectar con mi casi veinte años menor hermano. Por ello, compartimos sin problemas una habitación en una casa que funcionaba como un refugio nocturno.

Dado el tiempo y la serenidad del mar, que prácticamente era una taza de leche, entré en el agua por más tiempo de lo usual. Mi padre me prestó unos lentes, los que me dieron la seguridad de poder observar el fondo marino en detalle y bajar la ansiedad. El mar, grandes volúmenes de agua, siempre me habían producido una sensación de vulnerabilidad, como si pudiese venir algo del fondo.

El sol quemaba la piel, mientras el agua mecía y refrescaba los pensamientos. Un juego se volvió el descender al fondo y salir, probando cuánto tiempo podía estar sin respirar, para luego enfocar la atención en el fondo marino.

En ese fondo descubrí a unos crustáceos en sus caparazones. Para mi asombro, pues no sabía de su existencia, había lo que reconocí como poblados de cangrejos ermitaños. Estos seres se asomaban de sus caparazones cuando me acercaba, levantando sus pinzas hacia mí. No supe si querían amenazar o adorar a este rostro gigante.

Más tarde, mi pie derecho rozó algo en el fondo. Al investigar, recuperé un marisco. Resultó ser un ostión que guardamos en el balde con el que mi hermano jugaba a crear castillos de arena. Apelando a mis habilidades, y pese a no ser fanático de los moluscos, me propuse ir en la búsqueda de más ostiones para preparar algún plato, por diversión.

Tras horas de no encontrar molusco alguno, me aproximé al balde con agua. La decisión era fácil, no iba a matar al bicho solamente para comer la unidad. Puse el ostión en la palma de mi mano, dispuesto a liberarlo. En eso, se abrió la concha y me lanzó agua a los ojos.

Cómo era posible que un ser que no posee ojos, una existencia inferior, pudiese reconocer lo que es la vista de otro ser y atacar a esto, todo con la intención de poder seguir viviendo. En ese momento me reí y fui a dejar de forma cuidadosa mar a adentro a aquella criatura que se había ganado mi respeto.

Durante la noche, en mis últimas horas antes de tomar el bus de regreso, mi padre insistió en ir a comer a una picada del lugar. Estando allá, y a modo de venganza quizás, pedí ostiones a la parmesana.

Cuando llegó el plato, me cuestioné por qué había pedido eso, si ni me gustaban los mariscos. Haciendo frente a mis decisiones, comencé a comer los ostiones. Recuerdo pensar que estaban ricos, aunque me costaba un poco tragar.

Luego, algunos pensamientos comenzaron a rondar: se trataba de quince ostiones que costaban $10.990; el dinero, siempre sucio, siempre violento. Hipocresía, en qué estaba. Por un capricho, habían acabado con estas quince vidas. Sus restos cocinados en queso parmesano, una exquisitez que aspira a seguir la denominación de origen. Cadáveres cocinados en sus jugos y envueltos en ralladuras de queso.

Las contradicciones se agudizaron, y comenzó la revolución interna. Sentí asco, asco por la mediación del dinero, por ser un capricho, por los asesinatos. Casi vomité, todo esto sin emitir una palabra.

Y las palabras se revolvieron y luego tuvieron sentido: “no soy ni responsable de mis asesinatos”.

Esa idea se cristalizó y con los días se transformó en una idea, en una regla: solo comería carne de aquello que matase. 

No fue un gran lío, tampoco costó demasiado. Se trataba de ser responsable, al menos mi entendimiento de lo que es la responsabilidad personal. Así pasaron unos años sin comer carne.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Elefante rey

 

[texto del 2016]
Solo nosotros en el lugar, lo cual es extraño puesto que usualmente hay más trabajadores. Ella, en una mesa distinta, se sienta frente a su plato, cierra los ojos y comienza a mover los labios. Espero observando a ver si algo pasa, quizás la comida cambia, qué sé yo.

 Abre sus ojos y empieza a degustar su comida, nada nuevo. Hago como que no presto atención mirando por la venta un par de pájaros que buscan con qué alimentarse. Mi comida ya no me sabe a nada, podría seguir jugando con el tenedor durante todo el día, pero no es lo que quiero, tengo que aprovechar mi tiempo libre y heme aquí mirando el pasar del tiempo que se me escapa.

 Despierto nuevamente, me levanto, deposito mi plato y comienzo a caminar hacia la salida. Mi atención no ha cortado el vínculo, sé que  ella es de India, ¿qué más sé? Nada importante. Justo cuando paso por su lado, se levanta a buscar una servilleta. Se da la ocasión y me lanzo:
 – ¿Qué hacías antes de comer?

Me mira algo confundida, me salté el protocolo del saludo, no hay tiempo para eso. Dudando aun, contesta:

–Una oración.
– ¿Para qué?
– Bendecir los alimentos.
– ¿Y qué dices cuando dices tú oración? 

Claramente dudando, se la piensa dos veces. No sé si anda entre la traducción o simplemente duda si exponerse, sea como sea, toma una resolución.

–Es una oración para dar gracias por los alimentos que voy a recibir. Además es una forma de darle las gracias a mi dios y un llamado para que entregue el alimento de cada a día a quienes no lo tienen.
– ¿Y tienes que hacerlo siempre antes de ingerir alimentos?
–No es que tenga, es porque quiero hacerlo.
– ¿Incluso si comes esto? – digo mostrando la manzana que tengo en mis manos.
–No. En mi caso lo hago solamente en las comidas formales.
–Interesante. Gracias por compartir esto conmigo– mientras comenzaba a moverme, me asaltó la última duda– espera, ¿cuál es el nombre de tu dios?
–Hay muchos, pero yo le agradezco a Krishna.
–Ese nombre lo reconozco, creo que al menos conozco tres dioses. Krishna, Ganesh y…
–Visnú.
–Sí, exacto.
–Existen miles de dioses.
–Solo conozco esos tres. 

No entiendo bien, pero tras decir aquello se fija una sutil sonrisa en su cara, haciéndome sentir un tanto avergonzado como un niño que ha sido sorprendido haciendo alguna maldad.

 –Gracias, que tengas un buen día– le digo mientras me retiro por la puerta sin oír muy bien qué responde. Da igual, me di por satisfecho con toda la información que me entregó. Caminando de vuelta a mi habitación la brisa hincha en gozo a mi corazón y siento que puede ser un buen día. Todavía tengo cuatro horas antes de entrar a trabajar, debería aprovechar mi tiempo para coronarme como el rey elefante.

martes, 6 de diciembre de 2022

Rabia burlada

Recurro a la ayuda por miedo a la violencia. Esta no se ha desatado, pero existe; en la recreación en ámbitos lúdicos, donde aparecen el azar y el situarse por sobre el contrincante, la rabia.

Llamando al recuerdo momentos de ira intensa, revivo imágenes en que un vecino se ríe y luego pega un pelotazo con todas sus fuerzas que llega directo a mi cara, para luego seguir riendo. La siguiente parte no la recuerdo, pero un testigo me la ha contado durante años: tomo una piedra más grande que mi cabeza y se la lanzo al bufón.

Otras situaciones se deslizan, pero no alcanzan a conjugar una imagen, hasta que llego a un momento en que debía de tener unos diez años. Mi hermano me provoca y corre a encerrarse en su pieza. Con patines puestos, llego frente a su puerta y tras un intercambio de palabras airadas, pateo la puerta.

Dando otro salto, otros episodios donde ya era más grande y se configuraba una fuerte sensación de injusticia y burla. El agravio mayor era humillarme, y entonces la rabia brotaba. Una rabia que inundaba los espacios, pero que era dirigida.

No es necesario narrar más episodios, pero quizás sí realizar el alcance de que siento orgullo de varias de estas salidas. Pero no, no soy yo. Eso era yo. Ahora soy control, con rabias pequeñas. Ahora no soy violencia, pero sí la sensación de injusticia.

La primera violencia era natural y brotaba por sí misma. Luego pasó a una violencia que buscaba reparar o resarcir el agravio; reparar aquellas situaciones que percibía como injustas. Acciones reales en contra de la falsedad del mundo, intentando purificar lo que fuese necesario.

No sé qué pasa con la burla, pero es un poderoso motor de la ira que no debe ser subestimado. Se cuela por rendijas de las que no estamos al tanto y golpea ahí donde debiese primar la razón, la emoción y otras actividades humanas distintas de la rabia y la violencia.