No inicia con un buen día, porque no lo es, pero inicia. Desde hace un tiempo las voces aparecen, donde hay otras voces y está mi voz. Conversan, intercambian, se desafían, discuten, se encuentran.
Son diálogos permanentes que no ocurrieron y están ocurriendo, que se suceden de imprevisto, especialmente durante las de silencio. Son encuentros que alivian y duelen por igual, con desesperación y frases tranquilizantes, y otras demoledoras. No importas, no eres suficiente, eres especial, volveré.
La fantasía se agota en sí misma y la realidad es que la fortaleza, esa obsesión con ser fuerte, no deja espacio para ser vulnerable, para intercambiar, para pedir y querer. No existe una invitación a lo profundo y complejo, pues todo queda a medio camino, sin llegar a ser y sin doler al menos de su lado.
Cada distancia está conformada de secuencias exactas que responden al pasado, como hilos de una marioneta, articulando respuestas a preguntas que ya fueron olvidadas, pero que continúan en un presente adverso y misterioso al que la mente no tiene acceso y menos el corazón. El corazón del otro es un elemento peligroso y prohibido que es mejor intercambiar por pequeñas y breves simulaciones, semanas que no podrían tocar el núcleo y por ende sigue todo intacto, con una fortaleza artificial, pero indemne.
Los nombres prohibidos, uno se derrite fácilmente en un sartén y el otro no sigue mica-mino.