viernes, 24 de enero de 2014

«Caminando y caminando por el mundo se irá consolando de a poco y un día, cuando ya no pueda dar un paso más de fatiga, se dará cuenta de que no se puede escapar del dolor; hay que domesticarlo, para que no moleste»
— Isabel Allende

martes, 14 de enero de 2014

Sobre la luna

Llegado el momento de dormir, el sueño no apareció.
La mente vaga inquieta rincones que la oscuridad no le permite vislumbrar en su verdadera naturaleza, mas sensaciones de formas rondan los sentidos.
Entonces la conciencia activa toma una decisión y busca el desarrollo espiritual mientras el común de los mortales busca el descanso.

Entrada la noche, la luz artificial es necesaria para emprender la travesía. Una vez en la posición que su maestro le ha legado a través de su ejemplo, el practicante recorre con la vista las palabras que colman sus pensamientos.
Entonces comienzan los ruidos sordos, que el practicante reconoce y desconoce al mismo tiempo. Luces engañosas acompañan ruidos familiares fuera de contexto. Al mirar hacia cierto objeto, logra ver el movimiento que no se expresa más que como una intención. Lo saborea en busca de un cambio de posición comprobable y medible, pero la manifestación solo habla de intenciones. 
En eso, aparece la sombra de un cuerpo tendido, al mismo tiempo que la intención de movimiento del objeto se disipa completamente y en el doble vidrio una sombra observa.

Como todas las verdades, son presencias que solo pueden ser vistas de costado puesto que la realidad de la mente no alcanza a comprender la luz vista de frente. La sombra de la presencia se mantiene inmóvil, no así el reflejo que nada refleja en el juego de vidrios.

Al practicante le viene a la cabeza una idea, y en su fuero interno realiza una pregunta. Hay una respuesta en forma de viento que acaricia solo un costado de su cara. El tímido practicante cae en la cuenta de que no puede pretender controlar a la presencia con el ordenamiento de sus preguntas, y al mismo tiempo descubre que en su demostración de poder, ella, la presencia, de costado, ha respondido sin intención.

Solo después de unos minutos dubitativos el practicante deja la tensión y trae la mente a casa. Tras permanecer inmóvil a pesar de sensaciones físicas que no comprende, oye el llamado de un cuerpo mayor. 

Y es cuando la naturaleza de su mente lo lleva donde el techo la vida no cubre y se encuentra con la luna refulgente. El practicante adopta una vez más la posición que se la ha enseñado y que ha logrado dominar con algo de éxito a través de su práctica mediocre. Una vez logra traer a la mente a casa nuevamente, cierra los ojos y comienza a ver.

La luna se presenta en una nueva dimensión. Más allá de su clásica imagen, lo que ve es el oscilar de su propio mar interno a un ritmo que desconoce. Las mareas internas bailan al compás de una luna etérea, mientras la vista del practicante es atraída hacia un costado en donde no se encuentra la luna. Entonces comprende que él es la luna y el mar, y todos él miran y sienten la atracción de Júpiter.