domingo, 17 de noviembre de 2013

Una pregunta

¿De verdad eras tú?

jueves, 14 de noviembre de 2013

Las cosas pasan por algo

Una frase que aparece bastante en la boca de las personas con las que se me ha dado por interactuar es: "Las cosas pasan por algo"


Ciertamente las cosas pasan por algo, pero esa frase, esa frase pega. Porque esa inocente frase conlleva una insinuación que no deja de hacer ruido en cuanto se pronuncia. Por algo, por algo.


Esa frase ataca por la espalda a quien la oye, las cosas pasan por algo, y comienzas a sangrar. Es obvio que las cosas pasan por algo, pero ¿por qué es necesario si quiera mencionarlo?

Claro, nadie la pronuncia cuando suceden cosas buenas, no, solo hace referencia a sucesos que coquetean con la tristeza humana, las cosas pasa por algo, pero en realidad las cosas negativas pasan por algo.

Se me ocurren muchas razones por las cuales pasan las cosas, y todas apuntan a las responsabilidad personal. Mejor no insinuar estupideces sobre el destino o un dios, pues somos nosotros los responsables de nuestras miserias.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Ese día

Ese día y a esa hora fui a ese lugar.
Fui a darle el golpe de gracia a las esperanza.

sábado, 2 de noviembre de 2013

«HoldIn»

Esto lo escribí en algún momento del año 2005.

«Tanto tiempo, sólo unos pocos años se vuelve toda una vida, si vivo el día a día de una forma vigorosa, tengo como consecuencia lo que ahora me aqueja: un vacío. Lo que pasa es que el tiempo que ha pasado lo perdí, simplemente así fue o eso es lo que al menos percibo. Tal vez es porque en estos años no he sentido nada de nada, mejor dicho nada real, no hallo esa energía que de una forma u otra apareció hace algún tiempo.

La verdad es que siempre estoy en busca de aquello, mañana tras mañana siento el gris junto al sol, el que apunta hacia mis percepciones como todo lo que me rodea, porque tal como yo me sienta o como quiera sentirme, es como cambia el ambiente, soy un ser que controla el no controlar nada en su vida. Sueño con ser aquel que hizo que el auto de la esquina chocara, o aquel que hizo que la señora que caminaba adelante se encontrara esa moneda. Claro, no lo soy, pero soñar no cuesta nada, solo una caída a la realidad cada cierto tiempo.

Para no desviarme del tema, el salto. Cuando despierto y siento mis pies helados, pero contradictoriamente están tapados hasta más no poder, es cuando pienso que será un día de esos. La lluvia cae a cántaros, o no, simplemente cae la lluvia, se deja caer sobre el asfalto, dando un tono brilloso a un día cubierto por nubes grises, ese mismo gris es el que me hace recordar ese sentimiento hogareño que perdí desde que era un niño con todas sus letras, vienen a mí recuerdos como el correr con Zeus, intentando derrotarle en la batalla de resbaladas y caídas al barro. Añoro esos tiempos sin complejidades, no digo que los proyectos de problemas que tengo ahora sean una carga pesada, pero cuando niño no tenía que tratar con la desconfianza, la ignorancia, la complejidad de los demás y la mía. Cosas que solas parecen burdas, pero si en realidad las sumas no te parecerán tan simples de sobrellevar. Otro factor para querer ser niño, es que cuando niño me enamoré de forma increíble, con simpleza, pero algo tan real que hasta solo recordarlo me llena de una sensación de sed, era tan inocente, tan sincero con lo que sentía, algo que ahora ni en sueños podría lograr.

Pienso en lo que quiero a futuro, pero como saber si en el futuro querré aquello, si ni en este momento me puedo definir para escoger entre negro y blanco. Pero pensando en el ahora, en mi presente, lo que quiero para el futuro es una dama que me acompañe en mi vida, un vínculo indestructible, un enlace sin par. También quiero un descendiente, cual clon continúe con mi legado, el que no tengo claro»

viernes, 1 de noviembre de 2013

Algo me pertenecía

Me enteré, como cuando escuchas palabras que no van dirigidas a ti, de que ella no iba a estar estos días.
Raudo tomé el llavero de corazón, de un peso que no va con su tamaño, y me dirigí a sus tierras.

Aspiraba aire por montones y espiraba nerviosismo húmedo. En el fondo de mi corazón, muy distinto al llavero que lo representa, tenía miedo de ser descubierto. Por eso subí las escaleras poniendo una mayor atención a mis pasos, más que la de costumbre. Y a pesar de mi invisibilidad, un sentimiento de angustia no paraba de hablar tras mis pensamientos.

Abrí la puerta, era de noche. No había luces encendidas, seguramente la información de la que me hice era verídica. Irrumpí en la morada y ya no había vuelta atrás, de ser descubierto, no tendría forma alguna de explicar mi cometido. Ni yo mismo me podía explicar la urgencia de la tarea.

Avancé hacia el lugar que meses atrás era sagrado. El olor del ambiente me transportaba a vidas pasadas y los recuerdos desfilaban uno tras otro, afilados y dispuesto a cortar mi alma al menor descuido. Me protegí, no estaba allí por ella. Estaba allí por mí. Después de unos minutos, en los que no me sentí a salvo ni un segundo, logré dar con ese algo que me llamaba.

Era algo que había dejado en su habitación, algo que tenía que recuperar a toda costa porque era un algo muy mío, tan mío que no podía pedírselo. Entonces, lo guardé en mi bolsillo derecho. Tomé el llavero de corazón y lo arrojé entre la ropa amontonada en el piso. Un ojo humano no notaría ninguna perturbación en el ambiente, pero los de ella nunca fueron ojos humanos. Ella, posiblemente, jamás sabría qué faltaba en su habitación, en su mundo. Pero sus ojos le entregarían la intuición de que algo ya no estaba en su lugar.

Ella sabría, sin saber, que estuve allí y que recuperé algo que ella no podría tener nunca más. Y hasta cierto punto yo quería que ella lo supiera y se ahogara en esa ausencia. Pero qué más daba, lo que me llevaba apenas tenía peso para los mortales. Entonces cerré la puerta desde afuera sin emitir más que el ruido del cerrojo y me despedí de ese dulce olor.