sábado, 28 de septiembre de 2013

Turistas y monumentos

Hay un tipo de sensaciones, presentimientos, que siempre has tenido y que de súbito se hacen conscientes y se abren frente a ti, dejan de ser un misterio y ves su claridad.
Ver a través de lo evidente no deja nunca de sorprender a quien lo logra.

Muchas personas tienen ansias de viajar, de conocer. Hay lugares emblemáticos para ejercer el turismo alrededor de todo el globo. Siempre son grandes estructuras las que atraen la mayor cantidad de público.

Piénsalo un segundo, ¿qué lugares te gustaría conocer? Tal vez el Coliseo, la torre Eiffel, la pirámide de Keops, las ruinas de Machu Picchu, y muchos otros más focos del interés de las personas que no puedo nombrar porque mi capacidad de recordar no me acompaña esta noche.

Estas son obras del esfuerzo humano, por eso nos impresionan. Quedamos maravillados al saber el tiempo que llevó a pueblos enteros construir semejantes estructuras sin una necesidad real. Solo responden a necesidades simbólicas y muchos murieron por ellas. Porque como seres humanos nos caracterizamos por buscar lo que no necesitamos, desafíos innecesarios que nos entreguen un norte en la existencia, esto sin preocuparnos por los cimientos que sostienen nuestra estructura de sentido.

En fin, la sensación que brotó hoy, ese conocimiento bien escondido dentro mío no tiene mucho que ver con este tema, pero no dudo de que existan algún día quienes me entiendan.

Estos monumentos de la humanidad son los esqueletos vacíos y obsoletos de viejas realidades, son la evidencia viva de que no existe un sentido que perdure. Son la prueba de que el quehacer humano no es más que un intento fútil de derrotar a la muerte. Y no es el tiempo quien mata estas aspiraciones, no. El tiempo es la regla que mide esta muerte, pero el verdadero culpable somos los seres humanos que cambiamos tan fácilmente de norte. Y es porque construimos castillos en el aire, complejas realidades sólidas y firmes que se sostienen a sí misma, pero a las que nada las sostiene salvo la voluntad como un capricho. Y es que así son precisamente las relaciones humanas. Ahora aparecen mis recuerdos sobre esta relación que se acabó hace seis meses y no puedo evitar sentir el abandono de Machu Picchu, el desprecio de la torre Eiffel, la sequedad de la pirámide de Keops y la vergüenza del Coliseo. Y me transformo en el turista que saca fotos a los recuerdos que aparecen y se maravilla de todo el esfuerzo y lo bello que todo aquello alguna vez fue. Soy el romántico turista que se deleita viendo lo que el pasado fue por medio de una estructura que se cae a pedazos.

El problema es que también soy la estructura.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Y así

Cada vez más siento que el personaje de la risas entra en una terrible contradicción con el que verdaderamente se esconde.
Días así que se repiten y no paran.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Un rōnin

Sin la hacienda, un peón rōnin se dedica a su pedazo de tierra.
Los años de sol a sol han pasado dejando su piel y alma craqueladas.
El día se extiende según lo que la luz del sol permite.
De noche los sueños se confunden con la realidad.
Aparecen las voces, pero este peón ya las conoce y les concede su espacio.

En la tierra tiene alfalfa, en su mayoría, y una huerta donde cosecha algunos vegetales.
Además posee cinco ovejas y dos caballos.
Todos los días saca a sus ovejas del corral y las lleva a pastar.

Una mañana, el peón va al corral como de costumbre.
Salen las ovejas menos una.

Extrañado y algo enfurecido entra en el corral.
Ve a la oveja inmóvil observándolo.
La insulta, pero la oveja no pestañea.
Intenta asustar con un movimiento brusco, pero la oveja no se da por enterada, está con la mirada fija.
El hasta ese momento peón zen se irrita y maldice a la oveja.
La oveja lo mira directo a los ojos lo que lo lleva a callar.
Desaparece el tiempo.
Sin poder moverse el peón acepta la muerte.
Soy oveja– pronuncia sin hacer gesto alguno.
Tras ser convocadas, estas palabras rebotan en la cabeza del peón. Toman velocidad progresivamente a tal punto que ya no se pueden distinguir.
El animal se mueve y rompe el hechizo. Aparece el tiempo y aparecen las palabras.
La oveja se retira hacia donde se encuentran las otras ovejas.

El peón no entiende, y duda de si ese instante existió. Duda de su propia existencia.
De todas formas el tiempo hace fluir los imposibles y la vida sigue.

Cada tarde y cada mañana el peón guarda y saca a las ovejas sin pronunciar palabras, sin pensar palabras y evitando sus ojos.
Hay una tensión en cada uno de estos encuentros, pero es como la tensión de agua: existe y permite ciertas peculiaridades en la dinámica del fluir.