miércoles, 19 de agosto de 2009

Podados hace un tiempo

Podaron los árboles y la calle ya no tiene el brillo que alegraba la vista de quien alzara la mirada al vacío que era adornado por la creación de lo natural. En este tiempo, lo único que veo es una avenida domesticada por el poder transformador de una civilización, y ese último árbol recuerda sus tiempos mozos gracias a un pequeñísimo brote que vislumbra la continuidad de la batalla tras estos tiempos gélidos.

El espectáculo es deplorable, el orden anti natura no calza en los árboles, está fuera de ellos y a la vez es lo que les queda porque los árboles no optan en una humanidad que se viste egoístamente de pensamiento intelectual para derribar a otros seres que no llegan al nivel del logos que se profesa como sinónimo de cultura.

No es que sea un ambientalista o algo así, pero la ruptura y tristeza que genera en mí el sórdido paisaje de árboles acabados en invierno es algo que mueve algunas piezas y acomoda otras. Tal vez si conociera a ese pequeño panda que nació en medio de una recóndita montaña en China y que está siendo vendido por un chino inescrupuloso que lo alimenta con semillas de girasol y alpiste mientras espera al mejor postor, solo entonces podría sentirme conmovido con la imagen. En cambio, debo obedecer a lo que mi vista, olfato, audición, tacto y gusto me permiten en la experiencia del día a día, sin saber de aquel panda que sufre.